lunes, 4 de julio de 2011

Cuentos y azares...

"Cuentos y azares lo acercaron al camarín de la musa. Poseído en la habitación, hechizado por el deseo de que nunca se vaya…"

Había oído hablar entre ensayos a los actores que ponían en escena su última obra, en especial había escuchado a las actrices que ansiosas esperaban la prueba con la nueva vestuarista.
-“Ana”- creyó recordar que era su nombre, parecía ser una diosa del color y las telas que crujían al armarse dando aspecto exterior a los personajes creados por el dramaturgo.
Esa amargura lábil, fluctuante que a veces lo habitaba le mantenía lejos de ese camarín del cual la luz bajo la puerta delataba el febril trabajo de Ana. Volvía a casa solo, amargo pero protegido, -“acorazado contra otra vestuarista soberbia que me diga cómo lucen mis personajes”- rezongaba. -“Cómo si supiera el agudo verde o el frío gris que vestían esa noche cuando nacieron en mi mente”-.


Ay!, si tan sólo hubiese sabido que la piel blanca de Ana parecía hecha del mismo trozo de sueño….


Por fin, caminos de espina y luz desesperan sus pies. Daltónico en el callejón, en ese pasillo entre la sala de ensayos y el taller de ella en embudo transformó su cascarón y daltónico en el callejón, lo atropelló el cambio de tierra a sol.

De pronto, ya no sabe si lo enceguece el paso de la oscuridad a la luz blanca del taller o si se debe a lo que este ser irradia. Se inclina por lo segundo cuando se da cuenta que lo ensordece lo que ve y el zumbido de la máquina de coser le nubla la vista.
Venía irritado, dispuesto a desafiarla con la inminente fecha del estreno pero desviando los rieles del tren de torpes realidades, sus paso corren tras el frío del destino, ese que espera estático a que lo inventemos, para luego decir que no sabemos de dónde ha salido.
Ana trabajaba y recién terminaba de zurcir una falda que una de las chicas, sin querer, había desgarrado al probarse.
Al momento de la entrada de Stefano, ella trabajaba sobre una nueva pieza del vestuario y el ruido de la máquina de coser funcionaba como un mantra, abstrayéndola en su trabajo mientras miraba ensimismada la carrera de la aguja y el hilo sobre la tela.
Ana era práctica, profunda a la vez que elemental pero poco dada a las cursilerías. No obstante, el impacto de la imagen de Stefano en el umbral de la puerta logró lo que su brusca entrada no pudo: sacarla de su concentración sobre la máquina.
Curiosa, en ese segundo en el que se siente mirada, gira sobre la silla hasta encontrar los ojos verdes de Stefano. Aquellos ojos que miraban inquisidoramente detrás de la puerta a la imagen de ella que su mente fantaseaba, al saberla real no fueron capaces de transmitir la irritabilidad de su amargado portador. Su mirada mutó a una de grata sorpresa, al quedar trastocado tras un inenarrable influjo.
Aún Ana, poco dada a creer en las primeras impresiones, experimentó de pronto como si la silla de la máquina de coser se quedase de pronto sin asiento… sintiéndose caer dos segundos por un profundo agujero de luz.